Aquel tipo nunca dejó de crecer a pasos agigantados. Con ocho
años ya era igual de alto que su madre y a los doce era él el que cambiaba las
bombillas. Cuando llegó a la adolescencia se tenía que bañar en el mar por
precaución y nunca pudo jugar con patos de goma, ni con nadie, porque lo único
que le quedaba grande era la soledad, la misma que un buen día le hizo amigo de
la luna. Él siguió creciendo hasta la noche de su muerte, de hecho, cuando le
llegó la hora, le hicieron un ataúd de plastilina por si las moscas.
Perdió la esperanza cuando su alma le quedó pequeña.

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