lunes, 8 de octubre de 2012

Sonreí en Otoño.



Este baile de otoño sobre el crujido de las hojas secas
es el suspiro de ese verano difícil de olvidar,
son palabras de amor en cada esquina
susurrando nuestra historia
ante el descuido del destino
que no la quiere terminar.

Esas hojas de otoño son aquellas dudas que enterré
entre querellas en lo más hondo del pantano,
es el recuerdo de alguna que otra mujer,
olvidadas sin ellas saber
que son olvidadas
de antemano.

Estos versos de otoño, sentido de un amor a ciegas,
es un te quiero bajo un faro sobre el mar,
son las letras que sanan tus heridas,
es la mano que limpia
el aliento del tiempo
del cristal.

Esta sonrisa de niño es la única muda que encontré
entre plumas desgastadas con deseos recatados,
narices de payaso y lágrimas de ayer
escondidas sin querer
en lo más profundo
del armario.

lunes, 1 de octubre de 2012

Lo bueno de estos sueños es que puedes despertar



He soñado que perdía ante el sabor de una mentira
que hacía daño de verdad,
donde el mundo era un lugar entre dos muros
azotados por un mar
eterno y caprichoso,
bautizado Soledad.

He soñado que lloraba al despertarme
sucumbido por mis ganas de soñar,
he soñado que tú ya no estabas
y que yo dejaría de estar.

viernes, 31 de agosto de 2012

Medallas del pasado.


Con mil mentiras de plástico
duro y sin sabor
merendaba mi vergüenza
con garfio y tenedor,
y dos corazones de bronce
oxidado ante el dolor
cambié por siete peniques 
y el recuerdo de un amor
que con cinco balas de plata
en el pecho, me destruyó,
cuando ella bailaba con alguien,
con alguien que nunca era yo.

Con una corona de oro
casi rota y sin color,
yo era el rey de los idiotas
y no un simple perdedor.

martes, 31 de julio de 2012

El hombre triste.



La sonrisa de aquel tipo rozaba el suelo con la dulce amenaza de no dejar de crecer nunca, salía a la calle bailando con las farolas como si de verdad supiera hacerlo y cuando menos te lo esperabas echaba mano al saco rosa que colgaba de su espalda y se ponía a lanzar caramelos de colores con aquella cara de tonto que se le había quedado cuando el azar empató contra el destino en el momento en el que aprendió a besar por segunda vez.


El hombre triste dejó de serlo porque en realidad era más fácil ser feliz.

.

miércoles, 27 de junio de 2012

Los cuernos de la Luna.



Ella se enamoró de mí con las primeras lágrimas del invierno, cuando el frío calzaba tacones de mujer resonando tras las paredes, refrigerando lo que en otro momento tan sólo podía derretirse; entonces, para alejarme del olvido acudía a sus consejos con mi obsesión colgando de la oreja, en un intento por arroparme de aquel suspiro glacial, aguardando cualquier frase que me hiciera sonreír para secar de alguna forma aquel dolor. Con los años, la luna y yo nos hicimos amantes, pero cuando esta se llenaba, mi alma seguía vacía esperando en el balcón que le susurrasen las estrellas, mirando al cielo con nostalgia o hacia suelo con arrepentimiento, y siempre soñando con otra, o quizá y sin quizás pensando en ella.

Pero aquel día se marchó con su aflicción y nos dejó mirar el firmamento.

miércoles, 20 de junio de 2012

La fiebre del rey.



Las ventanas de aquel cuarto se abrieron de golpe dejando paso al sonido de unos dedos chasqueados que parecían proceder del jardín, marcando un ritmo peligroso. De nuevo se había dejado intoxicar por aquella música del diablo. La ponzoña de tres palabras y un cumplido disfrazados de veneno como antídoto de otro que podía resultar ser la verdad, y luego la melodía en los oídos, un guiño en la guitarra, una jarra de optimismo y tras aclararse la garganta, comenzó a cantar.

“fever in the mornig, fever all through the night”

martes, 19 de junio de 2012

La bestia de Liliput.





Aquel tipo nunca dejó de crecer a pasos agigantados. Con ocho años ya era igual de alto que su madre y a los doce era él el que cambiaba las bombillas. Cuando llegó a la adolescencia se tenía que bañar en el mar por precaución y nunca pudo jugar con patos de goma, ni con nadie, porque lo único que le quedaba grande era la soledad, la misma que un buen día le hizo amigo de la luna. Él siguió creciendo hasta la noche de su muerte, de hecho, cuando le llegó la hora, le hicieron un ataúd de plastilina por si las moscas.

Perdió la esperanza cuando su alma le quedó pequeña.