viernes, 31 de agosto de 2012
Medallas del pasado.
Con mil mentiras de plástico
duro y sin sabor
merendaba mi vergüenza
con garfio y tenedor,
y dos corazones de bronce
oxidado ante el dolor
cambié por siete peniques
y el recuerdo de un amor
que con cinco balas de plata
en el pecho, me destruyó,
cuando ella bailaba con alguien,
con alguien que nunca era yo.
Con una corona de oro
casi rota y sin color,
yo era el rey de los idiotas
y no un simple perdedor.
martes, 31 de julio de 2012
El hombre triste.
La sonrisa de aquel tipo rozaba el suelo con la dulce
amenaza de no dejar de crecer nunca, salía a la calle bailando con las farolas
como si de verdad supiera hacerlo y cuando menos te lo esperabas echaba mano al
saco rosa que colgaba de su espalda y se ponía a lanzar caramelos de colores
con aquella cara de tonto que se le había quedado cuando el azar empató contra
el destino en el momento en el que aprendió a besar por segunda vez.
El hombre triste dejó de serlo porque en realidad era más fácil ser feliz.
.
miércoles, 27 de junio de 2012
Los cuernos de la Luna.
Ella se enamoró de mí con las primeras lágrimas del
invierno, cuando el frío calzaba tacones de mujer resonando tras las paredes,
refrigerando lo que en otro momento tan sólo podía derretirse; entonces, para
alejarme del olvido acudía a sus consejos con mi obsesión colgando de la oreja,
en un intento por arroparme de aquel suspiro glacial, aguardando cualquier
frase que me hiciera sonreír para secar de alguna forma aquel dolor. Con los
años, la luna y yo nos hicimos amantes, pero cuando esta se llenaba, mi alma seguía
vacía esperando en el balcón que le susurrasen las estrellas, mirando al cielo
con nostalgia o hacia suelo con arrepentimiento, y siempre soñando con otra, o
quizá y sin quizás pensando en ella.
Pero aquel día se marchó con su aflicción y nos dejó mirar el
firmamento.
miércoles, 20 de junio de 2012
La fiebre del rey.
Las ventanas de aquel cuarto se abrieron de golpe dejando
paso al sonido de unos dedos chasqueados que parecían proceder del jardín,
marcando un ritmo peligroso. De nuevo se había dejado intoxicar por aquella música
del diablo. La ponzoña de tres palabras y un cumplido disfrazados de veneno
como antídoto de otro que podía resultar ser la verdad, y luego la melodía en
los oídos, un guiño en la guitarra, una jarra de optimismo y tras aclararse la
garganta, comenzó a cantar.
“fever in the mornig, fever all through the night”
martes, 19 de junio de 2012
La bestia de Liliput.
Aquel tipo nunca dejó de crecer a pasos agigantados. Con ocho
años ya era igual de alto que su madre y a los doce era él el que cambiaba las
bombillas. Cuando llegó a la adolescencia se tenía que bañar en el mar por
precaución y nunca pudo jugar con patos de goma, ni con nadie, porque lo único
que le quedaba grande era la soledad, la misma que un buen día le hizo amigo de
la luna. Él siguió creciendo hasta la noche de su muerte, de hecho, cuando le
llegó la hora, le hicieron un ataúd de plastilina por si las moscas.
Perdió la esperanza cuando su alma le quedó pequeña.
Luego, sonrió.
Al llegar la medianoche vació aquel saco de vocablos por
toda la mesa, viendo como cada uno de ellos volaba al ritmo de la brisa que se
colaba por la puerta del balcón para llegar deslizándose a todas partes, posándose
sobre cualquier lugar a excepción de la cuartilla que se acomodaba sobre el
escritorio. Y tras leer todas y cada una de las palabras que a lo largo del día
había archivado en su cabeza, se sentó ante el ventanal y sólo supo escribir
una.
sábado, 16 de junio de 2012
Marionetas a la mar.
Siempre se había quejado de aquellos cordeles de humo que
entre contoneos caprichosos e imposibles sugerían el camino que tanto anhelaba,
e impotente ante el destino solo podía dejarse sucumbir y contestar con su
sonrisa.
Al igual que un títere entre sogas hilachazas con hebras de
cristal
porque aunque fuese una sonrisa disfrutada
luego esa sonrisa la pagaba con sal.
Lo peor de él era saber que lo peor era él mismo, que en
realidad era su propia mano la que manejaba aquellas cuerdas que tanto le
costaba desasir, él y su fantoche de trapo musitando entre dientes una agradable mentira, tan
fácil de escuchar.
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